CORAZÓN PALIDO
Las ramas secas y hojas marchitas crujían inevitablemente bajo los
desnudos pies de Ieldan, a medida que avanzaba por el cauce agostado del
riachuelo.
Sus cinco sentidos alerta, trabajaban más despiertos que nunca. Desde
que fuese un niño había aprendido a confiar en ellos por encima de cualquier
otra cosa. Su habilidad para interpretar los signos, seguir rastros, predecir el
tiempo, evitar peligros, encontrar refugio, comida o agua, y distinguir sin
pestañear entre las plantas medicinales de las venenosas, le había servido en
incontables ocasiones para sacar de apuros a los suyos; pero resultó
especialmente útil para sobrevivir en las duras condiciones que precedieron a
su destierro.
Su adiestrado oído era capaz de distinguir el crepitar de la hojarasca
bajo sus propios pasos de los movimientos fugaces del hurón, que escondido
entre la maleza, olfateaba el suelo en busca de conejos, a pocos metros de
distancia.
El tacto de sus pies al caminar le confirmaba que hacía innumerables
lunas que ningún hombre había cruzado ese camino. Tal y como temía no era
ninguna leyenda que ante el pavor de las viejas historias no hubiese nadie lo
suficientemente loco como para aventurarse por aquel terreno.
Sus ojos distinguían una pequeña grieta, allá a lo lejos, en el murallón de
roca que formaba la pared oriental de la escarpada cordillera que sus ancestros
habían dado en llamar “Los colmillos de Darlok”. Darlok, como fue bautizado en
el principio de los tiempos el demonio de la arena, el barro, la roca y la piedra.
Contaban los más ancianos que Darlok se encarnaba en la figura de un
gigantesco lobo de piedra, las noches más sombrías en que ni la luna se atreve
a salir entre las estrellas. Ieldan alzó la vista sobre la hendidura en la piel de la
roca, que profanaba el murallón, reteniendo de nuevo en su retina la
escalofriante imagen de la sucesión de inmensas y puntiagudas colinas
recortadas en la niebla. Los colmillos de Darlok, no hubiese encontrado un
nombre más apropiado para definirlas.
Respiró profundamente, y esta nueva bocanada de aire le trajo un olor
ligeramente familiar, aunque aún muy suave debía proceder de una fuente muy
intensa y lejana. Olfateó a su alrededor de nuevo, el olor procedía de las
montañas, era herrumbroso y húmedo quizás el del mineral aún virgen.
El cauce del inexistente río, terminaba en la grisácea pared de roca lisa,
donde se colaba por un pequeño agujero no más grande del tamaño de una
cabeza humana.
Ieldan se deshizo del rústico arco que sus propias manos habían
fabricado así como de las flechas que usaba como munición, sin embargo
conservo el carcaj que ajustó a su cuerpo. El resto de las pertenencias que
había logrado conservar no le supondrían especial problema para acometer la
escalada, un viejo cinturón del que pendían un puñal de hoja curvada, una
bolsita de tela con una mezcla de hojas secas de árnica y consuelda, y un
zurrón de cuero en el que guardaba un manto, cuidadosamente doblado.
Inició la ascensión aferrándose a la roca, tan fuerte como pudo,
asiéndose con pies y manos. Su fibrosa constitución le permitió acometer la
labor sin especial dificultad a pesar de la longitud del corte y lo escarpado de la
pendiente. Rebasó en altura al menos tres nidos de buitre que aprovechando
cualquier leve resquicio en la roca habían construido su morada, delatando su
presencia los restos de guano que teñía la pared de un color blanquecino.
Al alcanzar la grieta se dio cuenta de que lo que desde abajo le había
parecido un simple arañazo, era en realidad un enorme hueco de diez o doce
metros de altura. El olor que manaba del interior de la montaña era mucho más
fuerte ahora y se distinguía indiscutiblemente como el aroma del hierro.