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Corazón Pálido.
Daniel Santos Megina publicado por Daniel Santos Megina
Relato de ficción / fantasía.
Genero: Ciencia Ficción
Tipo: Cuento
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Página: 1 2 >

CORAZÓN PALIDO

Las ramas secas y hojas marchitas crujían inevitablemente bajo los

desnudos pies de Ieldan, a medida que avanzaba por el cauce agostado del

riachuelo.

Sus cinco sentidos alerta, trabajaban más despiertos que nunca. Desde

que fuese un niño había aprendido a confiar en ellos por encima de cualquier

otra cosa. Su habilidad para interpretar los signos, seguir rastros, predecir el

tiempo, evitar peligros, encontrar refugio, comida o agua, y distinguir sin

pestañear entre las plantas medicinales de las venenosas, le había servido en

incontables ocasiones para sacar de apuros a los suyos; pero resultó

especialmente útil para sobrevivir en las duras condiciones que precedieron a

su destierro.

Su adiestrado oído era capaz de distinguir el crepitar de la hojarasca

bajo sus propios pasos de los movimientos fugaces del hurón, que escondido

entre la maleza, olfateaba el suelo en busca de conejos, a pocos metros de

distancia.

El tacto de sus pies al caminar le confirmaba que hacía innumerables

lunas que ningún hombre había cruzado ese camino. Tal y como temía no era

ninguna leyenda que ante el pavor de las viejas historias no hubiese nadie lo

suficientemente loco como para aventurarse por aquel terreno.

Sus ojos distinguían una pequeña grieta, allá a lo lejos, en el murallón de

roca que formaba la pared oriental de la escarpada cordillera que sus ancestros

habían dado en llamar “Los colmillos de Darlok”. Darlok, como fue bautizado en

el principio de los tiempos el demonio de la arena, el barro, la roca y la piedra.

Contaban los más ancianos que Darlok se encarnaba en la figura de un

gigantesco lobo de piedra, las noches más sombrías en que ni la luna se atreve

a salir entre las estrellas. Ieldan alzó la vista sobre la hendidura en la piel de la

roca, que profanaba el murallón, reteniendo de nuevo en su retina la

escalofriante imagen de la sucesión de inmensas y puntiagudas colinas

recortadas en la niebla. Los colmillos de Darlok, no hubiese encontrado un

nombre más apropiado para definirlas.

Respiró profundamente, y esta nueva bocanada de aire le trajo un olor

ligeramente familiar, aunque aún muy suave debía proceder de una fuente muy

intensa y lejana. Olfateó a su alrededor de nuevo, el olor procedía de las

montañas, era herrumbroso y húmedo quizás el del mineral aún virgen.

El cauce del inexistente río, terminaba en la grisácea pared de roca lisa,

donde se colaba por un pequeño agujero no más grande del tamaño de una

cabeza humana.

Ieldan se deshizo del rústico arco que sus propias manos habían

fabricado así como de las flechas que usaba como munición, sin embargo

conservo el carcaj que ajustó a su cuerpo. El resto de las pertenencias que

había logrado conservar no le supondrían especial problema para acometer la

escalada, un viejo cinturón del que pendían un puñal de hoja curvada, una

bolsita de tela con una mezcla de hojas secas de árnica y consuelda, y un

zurrón de cuero en el que guardaba un manto, cuidadosamente doblado.

Inició la ascensión aferrándose a la roca, tan fuerte como pudo,

asiéndose con pies y manos. Su fibrosa constitución le permitió acometer la

labor sin especial dificultad a pesar de la longitud del corte y lo escarpado de la

pendiente. Rebasó en altura al menos tres nidos de buitre que aprovechando

cualquier leve resquicio en la roca habían construido su morada, delatando su

presencia los restos de guano que teñía la pared de un color blanquecino.

Al alcanzar la grieta se dio cuenta de que lo que desde abajo le había

parecido un simple arañazo, era en realidad un enorme hueco de diez o doce

metros de altura. El olor que manaba del interior de la montaña era mucho más

fuerte ahora y se distinguía indiscutiblemente como el aroma del hierro.

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Genero: Ciencia Ficción
Tipo: Cuento
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Lunes, 13 de Octubre de 2008 taller de cuentacuentos