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Viaje a París. Cuento de Gil Antonio Ballesteros Alcalá.
publicado por numancia
Genero: Otro
Tipo: Cuento
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VIAJE A PARÍS

 

Gil Antonio Ballesteros Alcalá

 

            Antesdeayer troqué mi maleta y todo su contenido por dos jornadas más de hotel. Yo pretendía cinco, pero el recepcionista sólo me concedió dos. Dijo que nadie daría gran cosa por mi ropa usada y por dos maletas tan gastadas. Mejor dos días que nada, pensé, y acepté sus condiciones. Pero finaliza el plazo y tengo que regresar. Hoy, además, hace mucho frío y en Tati gasté mis penúltimos ahorros en un grueso jersey que no hace bolas.

            Las horas han transcurrido veloces y, a la que me descuide, llegaré tarde a mi vuelo. He olvidado el camino al Aéroport y, si me demoro más, me quedaré sin tiempo ni dinero. No sé a quién preguntar, todo el mundo camina con prisas y gestos contrariados. La única excepción es una muchacha morena detenida frente a un semáforo ciego.

            Embutida en un abrigo blanco que no es el suyo, y abrazada a sí misma para espantar el frío, que enrojece su nariz y sus orejas, aguarda el permiso del semáforo para cruzar la calle. Con mi penoso francés la interrogo sobre el camino más corto a Orly.

            Me mira sorprendida y temo que, de contestar, hablará tan rápido que no la entenderé. Sin embargo, sonríe y pregunta si hablo español.

            - Es lo único que hablo, y no muy bien.

            - Ah, entonces n’est pas probleme, conozco un atajo que te permitirá llegar en un suspiro.

            - Prefiero el camino más sencillo, no quisiera perderme.

            - No tiene pérdida, yo te acompañaré. Llevo dos horas y media esperando que la primavera invada el semáforo, también me conviene tomar el atajo. Ven, sígueme.

Voy tras ella calle abajo, intentando no perderla entre el gentío multirracial que abigarra las aceras. Me conduce hacia una galería que atraviesa varios edificios, y se detiene frente a la puerta de una tienda en la que se amontonan arcaicos y polvorientos objetos. Me invita a entrar en el extraño anticuario y, en cuanto se cierra la puerta tras de mí, sonríe de nuevo, me toma del brazo y dice:

            - Ya está, ya podemos salir.

            Me dejo llevar con desconcierto que intento disimular, y volvemos a la galería. Todo parece tal como unos segundos antes, excepto que los transeúntes han ahuyentado de sus rostros los gestos de malhumor y apresuramiento que anteriormente mostraban, y en sus ojos se percibe alegría.

            Salimos a la calle y se desabrocha el abrigo. Yo aflojo el nudo de mi corbata porque también he comenzado a sentir sofoco. Nos cruzamos con La Seine, que se ha salido de su cauce y nos saluda, quejoso por llevar tantos y tantos años discurriendo por París, desde antes incluso de que la fundaran, y no haber visto más que de lejos esa Basilique que tanto oye nombrar a los turistas en les bateaux que le navegan, y luego se despide y se va trepa que trepa por la ladera del Montmartre. Serpentea por la colina el anciano río, desafiando la gravedad y a su ley, porque no le han dejado tomar le Funiculaire. A cada revuelta se aproxima trabajosamente a la cumbre, formando presas y represas a las que acuden a refrescarse gorriones y palomas, sorprendidos por tan inesperada visita.

Nos despedimos del río con nombre de mujer y caminamos hasta la Place des Vosges. Está toda nevada, blanquísimo el suelo y entre rosa y verde los árboles. Un tenue viento cimbrea las ramas de magnolios y castaños, curvadas por el peso de los rosados copos que soportan. Pese al paisaje invernal, sigo sin sentir frío. Los árboles parecen a la espera de que lleguen transeúntes desprevenidos para descargar sobre ellos su níveo cargamento. Pero, excepto por nosotros dos, la plaza está desierta.

            - ¿Te atreves? -pregunta la chica-.

            En cuanto miro mis pies entiendo a qué se refiere. Sentía desde hacía unos minutos un precario equilibrio, y un cosquilleo extraño en las plantas de los pies. En mis zapatos han crecido cuchillas y la chica no espera mi respuesta. Ya se desliza por el suelo helado, sorteando los troncos que la intentan atrapar y evitando los copos que las ramas le lanzan entre risas. Sabiendo que un segundo después me daré un trompazo, me lanzo tras ella. Mil proyectiles rosados vuelan silbando hacia mí, y cada vez que pierdo el equilibrio sus impulsos me levantan y me acercan a la muchacha, que piruetea sin dejar de reír. Toma mi mano y, guiándome, describe una graciosa elipse que nos dirige hacia la salida.

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Tipo: Cuento
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Lunes, 13 de Octubre de 2008 taller de cuentacuentos