En <personname productid="la Tierra"></personname>la Tierra hay sitios increíbles. Probablemente el ascensor sea uno de los más insólitos: un espacio hermético, reducido, que debía abocar a la confidencia y en el que paradójicamente los humanos hablan del tiempo.
Hoy mismo en el elevador he escuchado dos partes meteorológicos. El vecino del cuarto, Don Cosme, aseguraba con una vehemencia irrebatible que este tonto sirimiri que nos acompaña cesará –ya lo verá usted, joven- a partir del lunes. La vecina del tercero augura además una drástica bajada de temperaturas.
No. No entiendo ese empeño por hurgar en los cambios atmosféricos. He probado en otros bloques de viviendas y en todos se producen las mismas tertulias isobáricas. En el número 42 he subido hasta el ático con una mujer tan silenciosa como atractiva que se miraba tercamente las puntas de los zapatos.
Estoy perdido… -me he escuchado decir resumiendo mi angustia.
Ella ha levantado los ojos y me ha mirado de pies a cabeza con una ternura inesperada.
Con este tiempecito no se puede salir a la calle sin paraguas –me ha reconvenido maternalmente ella mostrándome el suyo.
Era estampado; con mango de madera.