Butrek, el mercader de alfombras, salía cada semana hacia Damasco. A mitad de camino el comerciante volvía los ojos hacia el Este y el desierto le mostraba entonces un pequeño oasis.
Butrek sonreía desengañado: durante generaciones sus antepasados le hicieron ver que aquel vergel era tan sólo un espejismo, una travesura de la arena.
Faruk, el hortelano, cultivaba la menguante tierra de un oasis. A mitad de mañana levantaba su vista de la tierra miraba hacia el Oeste y veía surgir entre las dunas una larga caravana.
Faruk se enjugaba inalterable el sudor: sus antepasados le hicieron entender que aquellos jinetes eran una mentira, una impostura del desierto.