1. Antes de poner un pie en la calle ya sabía que la estaba cagando, que, de alguna manera que no alcanzo a comprender, era importante que hoy yo me quedara en la cama con ella hasta que a los dos nos diera por levantarnos, que este fin de semana yo tendría que haberlo pasado en su piso, que era el momento justo para dar un paso al frente y empezar a dilatar la duración de nuestros encuentros, que si lo que me apetece es estar con ella lo más natural es que me quede con ella.
2. Pero lo cierto es que a veces lo natural no es lo que a uno le apetece, que yo ya estaba un poco harto de dar vueltas en la cama, de verla dormir plácidamente, de acariciarle levemente el brazo o la espalda. Nos acostamos a las tres. Nos dormimos pronto, ella estaba muy cansada, había regresado aquella misma tarde de un viaje de diez días a Portugal. Era la cuarta o quinta noche que pasábamos juntos, la primera sin sexo.
<metricconverter productid="3. A"></metricconverter>3. A la una y media se despertó, tenía que ir al baño. Yo pensé que nos remolonearíamos un poquito en la cama y poco más, que en breve estaríamos desayunando. Antes de volver a la cama cerró las contraventanas para minimizar la entrada de luz, parece ser que tenía intención de dormir aún un rato más.
4. Me voy a ir, le he dicho.
No, duérmete, me ha dicho ella sin abrir los ojos.
No puedo, llevo más de dos horas viéndote dormir, he exagerado, no aguanto más en la cama, y después le he rozado con los labios el párpado derecho.
Entonces ella ha dicho algo que no he entendido.
¿Cómo?, le he preguntado.
Que lo repitas, ha dicho ella.
¿El qué?
Lo último que has dicho.
Yo la he vuelto a besar en el ojo.
Aún no te he entendido, ha dicho ella. Y la he vuelto a besar otra vez.
Otra, ha vuelto a decir.
5. Ella se llama Sofía, es griega, licenciada en matemáticas, rubia. Está haciendo las prácticas con una beca Leonardo en el Centro Superior de Investigaciones Científicas, así, con todas sus mayúsculas, en el departamento de Oceanografía Física. Nos conocimos a través de mi compañero de piso. Lo primero que me gustó de ella fueron su risa y su despreocupada forma de reinventar el castellano.
Sobre todo me gustó su risa.
6. Hace un mes vino a cenar a casa y nos acabó cocinando las mejores judías que yo haya probado en la vida.
Nos acostamos juntos. Los dos íbamos muy borrachos.
Al dia siguiente yo me levantaba a las seis menos cuarto para ir a trabajar.
7. Pensé que aquello debía haber sido algo coyuntural, un suceso esporádico facilitado y hasta cierto punto incluso inducido por la ingesta masiva de alcohol, que Sofía no iba a querer volver a acostarse conmigo ni de broma, que seguro que al despertarse y recordarlo se había llevado las manos a la cabeza.
<metricconverter productid="8. A"></metricconverter>8. A los tres o cuatro días vino otra vez a casa, también se quedó a dormir, al día siguiente yo también trabajaba.
Después de varias visitas -siempre de noche, siempre en mi casa, siempre entre semana- Sofía se fue a visitar a unas amigas y yo me sorprendí echándola terriblemente de menos, pensando casi a diario en cómo sería despertar junto a ella sin despertadores de por medio y otras chorradas por el estilo.
9. Anoche fui por primera vez a su piso junto al Mercat de Sant Antoni, conocí a los dos chicos que viven con ella, a un par de amigas. Apenas hablé. Me cayeron bien. Ella estaba muy cansada, nos metimos en la cama y se durmió en seguida.
10. Cundo me he levantado una de sus amigas aún dormía en el sofá, uno de los compañeros de piso también seguía durmiendo, yo empecé a sospechar que en esa casa debían tener una plantación oculta de morfina o un criadero clandestino de moscas tse-tsé.
Por suerte Fibo, el otro compañero de piso, el otro compañero de piso, estaba despierto; pero estaba haciendo algo en el ordenador en la misma habitación en la que el otro dormía, así que la situación tampoco daba como para quedarse.
Me voy, le he dicho a Fibo.
¿Ya?, se ha sorprendido él.
Y en cuanto he visto la cara con la que me lo preguntaba he comprendido que la estaba cagando, que largarme así no era ni de lejos la mejor opción, que no era ése el camino a seguir.
A pesar de todo me he ido
11. Me ha gustado dormir abrazado a ella, así, sin sexo.
Igual me estoy enamorando, así, sin darme cuenta.
12. En la calle hace sol.
El aire es frío.
Tengo un buen paseíto hasta el coche, tengo que comprar tabaco, tengo los mismos pelos que un loco.
No me he lavado ni la cara. ¿A qué tanta prisa? ¿Me estoy volviendo idiota?
13. Bajo por Ronda Sant Pau hasta el Paral·lel y continúo por éste hasta Drassanes.
De camino, además de tabaco he comprado papel de fumar y me he mirado de reojo en todos los escaparates por delante de los que he pasado.
Definitivamente: parezco un loco o un vagabundo o un loco vagabundo.
14. En el coche, antes de arrancar el motor, me hago un porro, pongo música, me arrepiento profundamente de haber salido de la cama de Sofía.
15. Cojo <personname productid="la Ronda Litoral"></personname>la Ronda Litoral dirección Llobregat y después <personname productid="la A-7"></personname>la A-7 dirección Girona.
En media horita estoy en casa.
16. De repente, en la autopista, un frenazo.
Un baile de luces intermitentes como luciérnagas desbocadas anuncia el atasco.
Un accidente algo más adelante o un carril cortado por obras o uno de esos estúpidos controles policiales.
17. Los atascos siempre me hacen pensar en las hormigas, en una horda de hormigas desorientadas que quisieran pasar todas a la vez por el mismo centímetro cuadrado de tierra.
18. Avanzamos demasiado despacio, esto no puede ser normal.
Aprovecho uno de los parones para armar otro canuto.
Cuando apago la colilla en el cenicero aún no nos hemos movido.
19. Me acuerdo de un cuento de Cortázar -La autopista del sur- en el que un montón de domingueros de vuelta a París que se ven metidos en un atasco interminable, un atasco que se dilata durante semanas provocando que entre los conductores de los vehículos cercanos se crease una especie de microsociedad donde cada uno cumplía una función, buscar comida, agua, tranquilizar al resto.
20. Llevamos tres cuartos de hora sin avanzar y aquí la gente ni baja el cristal de la ventanilla ni hace el más mínimo esfuerzo por comunicarse con los demás.
Como mucho, y sólo de tanto en tanto, a uno le da por hacer sonar el claxon y el resto se va sumando al concierto como una jauría de borregos sumisos hasta que la ola de bocinazos que recorre la caravana se pierde en la lejanía.
21. Hace dos horas un cartel anunciaba que faltaban cinco kilómetros para la próxima estación de servicio.
Recién la vi aparecer por el horizonte.
Calculo que, a este ritmo, en media hora o tres cuartos podré llegar allí.
Me estoy meando.
22. Creo recordar que en el cuento de Cortázar alguien se suicida, el conductor de una Carabelle, me parece.
Se me pasa por la cabeza pero no se me ocurre ninguna forma discreta de hacerlo con los instrumentos de los que dispongo a mi alrededor.
Quizá, con paciencia, podría abrirme las venas con un bolígrafo.
23. Aparco en la gasolinera y entro al lavabo.
24. Al salir del lavabo después de haber meado y de haberme arreglado un poco el pelo delante del espejo, lo primero que me asalta es el silencio, un silencio casi absoluto, un silencio que se te viene encima y te obliga a encogerte dentro del abrigo, como si la temperatura hubiese bajado diez grados de una sola tacada en apenas un segundo.
25. La carretera está desierta, ni rastro de los coches que me acompañaban en la caravana.
Cierro los ojos apretando los párpados con fuerza pero, cuando vuelvo a abrirlos, todo sigue inexplicablemente igual.
26. Pienso en Sofía.
Intento ignorar esto que me está pasando y centrar mi mente en Sofía, no dar cabida en la parte consciente de mi cerebro a nada que no sea su cuerpo acurrucado y solo en aquella inmensa cama.
27. Igual si me doy prisa la pillo todavía acostada, me digo como para infundirme valor. No es muy probable pero, quién te dice, igual puedo meterme en la cama y decirle que había ido al lavabo y despertarme con ella dentro de un rato entre las sábanas.
28. Son las seis de la tarde y vuelvo a estar frente a su portal.
Viladomat, setenta y cinco, segundo segunda.
Pico al telefonillo y me atiende una voz de mujer que no conozco.
¿Sofía?, pregunto.
No, se equivoca, me contesta.
Me disculpo, pico otra vez asegurándome de que lo hago en el botón correcto y me vuelve a contestar la misma voz de mujer.
¿Es una broma?, le digo, va, dile a Sofía que se ponga.
Se hace un silencio tenso, un sonido como si le estuviesen dando leves golpes al auricular.
El teléfono cambia de manos, me digo convencido de que en unos instantes escucharé la risa de Sofía al otro lado del interfono.
Mira, graciosillo, me espeta una voz de hombre que tampoco conozco, como vuelvas a picar al timbre bajo a la calle y te arranco los cojones, ¿entendido?
29. Se me pasa por la cabeza volver a llamar, seguro de que se trata de una broma, de que no puede tratarse de otra cosa, de que no hay otra explicación.
Pero de repente comprendo que, de alguna forma que no logro entender, allí ya no vive Sofía, que en el piso del que he salido hace cuatro o cinco horas ya no viven las mismas personas que vivían cuando salí.
Y entonces quiero desnudarme y echar a correr, y pararme en medio de la calle y ponerme a gritar y no dejar de gritar hasta que el mundo se haya acabado.
Pero hay tantos coches y tanta gente por las aceras.
Y me iban a hacer tantas preguntas.
Y yo no iba a saber qué carajo contestar.
Raúl del Valle.