En este mundo –créanme- hay sitios increíbles. Posiblemente el más increíble de todos sea el Registro Civil.
Ayer mismo me pasé por allí en busca –abrigaba algunas dudas- de mi fe de vida. Una funcionaria muy amable me ha certificado en un folio sepia que le consta que sí, que juraría que un servidor está vivo; muy desmejorado pero vivo. Vamos, que ella pondría la mano en el fuego
Mientras estampaba el membrete pensé que si yo estuviera en su lugar me sentiría desbordado: antes de mí había asegurado por escrito a una mujer que su marido estaba muerto. Que no le diera más vueltas; que desde ese momento no contara con él para bajarle la basura.
Al salir coincidí con la viuda en el ascensor. Yo me sentía tan vital y ella... tan liberada.
Entiéndanlo.