Este cuento quedó finalista en el II Concurso de Cuentos de Agua, organizado por la Asociació La Casa dels Contes
Desde donde me encuentro se observa <personname productid="la Iglesia"></personname>la Iglesia de Sainte-Eugénie. Muy cerca, la de Saint Albert's permanece cerrada igual que el casino municipal. Los surfistas recogen las tablas antes de que el faro haga gala de su luminiscencia. Permanezco de pie, tomo un sándwich de mi bolso, y observo cómo una mujer se retoca con su labial. En la distancia, un hombre intenta ubicar el mejor ángulo para tomar una foto, aunque lo único que lleva en sus manos es un pequeño dispensador de jabón. Los demás transeúntes aceleran el paso para llegar a sus moradas. Las cosas simplemente transcurren, en un lugar como Biarritz.
En La Guaira los peces ya no nadan, están muertos o mordiendo los restos de los huesos de los cadáveres del noventa y nueve, cuando todo fue un infierno, y el cielo cambio de rumbo, y se arrastró por la tierra confundiéndose con el lodo. Ahora los niños corren encima de las piedras que asustaron al mar. Pisan a sus padres sin saberlo. Yo preparo mi cámara y apunto a la niña que me sonríe y me pide para comer, mientras su hermano atraca a un taxistas y su prima hace volar limones frente a un semáforo. Cerca del muelle, un hombre se sienta y observa a las personas caminando. Toma una piedra y juega con ella.
En Francia se puede vagar sin rumbo mientras se toma una decisión. No es que en otros lugares no pueda hacerse, pero aquí, en <personname productid="la Costa Azul"></personname>la Costa Azul, el lujo y la sencillez se guiñan el ojo sin grandes traumas. La gastronomía no es diversa: dulces, quesos y pequeñas aves gobiernan la mesa. Infinidad de opciones para aligerar el día se dispersan por la ciudad. Los baños de lodo son una de las más difíciles de rechazar. Sólo hay que ubicarse, explayarse, y esperar el turno. Me siento. Desde mi nuevo espacio se sigue observando al hombre que no cesa en su empeño de dejar plasmado un instante del vacío del mar en su dispensador. Me acuesto, siento el sedimento rodando por mi piel. El hombre observa las olas rompiendo el tiempo. Siempre es así, los turistas sólo saben mirar el mar.
¿A quien pertenece el litoral?. Todo dueño desapareció, igual que todo responsable. Las personas caminan sonámbulas esperando encontrar los restos de lo que fue su hogar. Sólo uno de los caminos es transitable, el resto es un desecho de piedras esperando ser recuperadas. El hombre en la playa ha soltado la suya y se ha acostado cerca de la orilla. La marea comienza a subir. El toma la arena mojada y juega con ella en su cuerpo. Es una buena imagen para realizar un disparo, pero estoy muy alejado y mi lente no tiene alcance. Decido dejar a la niña y acercarme a él. Es difícil caminar entre las piedras.
He recorrido desde Hendaya hasta Bayona. Un largo paseo vagabundeando por la orilla de mar, con los pies descalzos, tiene efectos balsámicos insuperables. Todas las playas parecen iguales. Inclusive a veces todos los turistas. El que se acerca no es distinto. Toma su jabonera y me apunta. No tengo idea de lo que puedo representar para él. Generalmente se asombran por una línea, un trazo o un ligera marca en la piel.
El hombre acostado en la playa es extremadamente delgado, me observa y me sonríe. Quién sabe qué cosas estará pensando. Está casi desnudo. Me acerco aún más. Estoy apenas a dos pasos de él. Lo suficiente como para realizar la toma. Me sonríe. Alcanza una piedra y amaga pretendiendo entregármela.
Le sonrío también. Me muestra la jabonera, y le muestro mi sándwich. A veces los extranjeros pasan largas horas sin comer. Retrocede, coloca la jabonera a cierta distancia, en una piedra. Se acerca hasta donde me encuentro. Se sienta a mi lado y toma el sándwich que le he ofrecido. Me enseña la jabonera y sonreímos. Parece que la toma ha sido realizada. Estamos plasmados en el fondo del jabón. El mar del litoral nos sonríe. El aire que se respira es muy fresco. Dejamos el sándwich en la arena y la jabonera en la piedra. Caminamos entonces hasta la playa y comenzamos a bañarnos. La mujer con el labial nos observa. A su lado, está la niña que pedía.
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Un pozo séptico nunca ha sido un lugar que me llame la atención para llevar a mi hija a ver cómo se mueve la indigencia. Hoy solamente caminábamos para llegar hasta el centro de la ciudad, cuando aquel par de hombres nos llamaron la atención. Ella me los señaló y no supe de que hablaba hasta que los vi caminar hacia el fondo del río Guaire, acostarse en el concreto, y hundirse en las aguas putrefactas. Habían dejado una piedra y una caja de jabón entre la maleza. Mientras entraban al agua sonreían. Mi hija me miraba asombrada. Ellos sonreían. Quise explicarle lo que es la miseria, pero me quede muda. Al fondo, me taparon la boca, la risa de los mendigos y las garzas comiendo mierda.