<font face="Arial"><font size="4">Vamos a ver: cada vez que me subo al Metro, ¿por qué tengo que plantearme la misma duda? ¿Tendrá el Metro de nuestra ciudad algún convenio con los laboratorios farmacéuticos?</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">Quiero probar, con termómetro en mano, los cambios impresionantes de temperatura que hay entre la calle, el andén y el vagón de tren. Por eso, a través de mi carta, me gustaría pedirle a algún lector que me ayude.</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">Lo diré brevemente, porque no es cosa de andar aburriendo a nadie. Mi voz es mi herramienta de trabajo. El médico es reiterativo. No te sometas a cambios de temperatura. Es lo peor. Te quedarás sin voz para cantar. Además no tomes bebidas frías ni calientes; pero lo que más daño te puede ocasionar son los cambios bruscos de temperatura. Por otro lado, la condición de autónoma es cruel: a partir del decimoquinto día le comienzan a pagar a una el primero. Como si una fuera trabajadora de segunda.</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">Pero bueno, el asunto no es con la Seguridad Social, porque si tocamos ese tema no acabaríamos jamás.</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">Contaré algo que de sobra saben los usuarios de nuestra respetable ciudad, pero, por si usted que lee éstas jamás se ha subido al Metro, daré unos detalles más.</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">La peor estación que uno puede elegir para utilizar este medio de transporte no es la que está cerca de su casa. Es sin duda alguna la del verano.</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">En plena ciudad, la canícula ataca y deja sus húmedas huellas en nuestro cuerpo y en nuestra ropa. Tras soportar unos treinta y tres grados (a la sombra) uno baja a la estación debida y se encuentra, bajo el asfalto de esta hermosa ciudad, con un baño turco o con una sauna, lo que prefiera. En el andén hay por lo menos diez grados más que en la superficie urbana. En ese momento, usted sabe que debe tener calma, por eso debe coger con toda parsimonia, cuanto artilugio tenga a mano e improvisar un abanico. Si arriba transpiraba, abajo ni le digo. El tiempo de espera varía según la línea y según el día, pero como mínimo debe esperar tres minutos y como máximo siete, los que de pronto se le antojan largos y angustiosos. Esto sin contar con una posible avería de la línea escogida; si llegara a ocurrir mientras espera, le recomiendo que abandone el experimento.</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">Pues bien, llega el tren y usted se sube a él: su cuerpo y su ropa aún están húmedos. En el vagón la sorpresa del siglo: un estupendo aire acondicionado le espera como un balde de agua fría, pero que muy fría. La temperatura ahora le estremece, la piel entonces se eriza y no justamente por la visión que ofrecen algunos modelitos que lucen piel bronceada ni por el escaso atuendo que cubre tímidamente parte de sus cuerpos, sino porque el frío que le invade es superior al del último invierno. Todo su cuerpo comienza a temblar, el vagón se ha convertido en una cámara gigantesca de esas que se utilizan para conservar carne. Mejor no se siente, se le helará hasta el alma y, si el aire gotea, se le mojará el trasero y en la calle dará que hablar y ése no es el plan. Aguante, aguante, es mi sugerencia porque aún le queda el peor trauma, bajarse y subir a la calle donde, si suma y resta y hace las operaciones debidas, se encontrará con una diferencia térmica que le hará regresar a los temblores y seguro que se hará la misma pregunta que yo me hago dos veces al día ¿tendrá el Metro de nuestra ciudad algún convenio con los laboratorios farmacéuticos?</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4">Hágame caso y tome unas infusiones antes de emprender la aventura, si es que quiere salir a salvo de ella y después de bajar ingiera rápidamente una píldora de moralina. Le ayudará a no tener que escribir cartas como ésta.</font></font>
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<font face="Arial"><font size="4"> Barcelona, julio de 1998.</font></font>
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