CAPÍTULO I
En un tiempo remoto donde nada era todo y todo era nada, vivía solo en medio de la oscuridad nuestro Padre Ñanderu Tüpa, el primigenio divino. Aquel era el tiempo de la inexistencia, puesto que él era el resumen de toda la existencia misma. Aquella perfección de su propia imperfección, aquella realidad de su triste irrealidad lo oprimía, lo atormentaba, vivía aburrido de su eterna existencia. Si tuviera la oportunidad de morir, al menos habría un principio y un final. En un lugar sin más vida que la suya, su sabiduría y el amor de su noble corazón no le servían de nada.
Ñanderu nunca fue niño, joven o adulto. Desde un principio eligió ser anciano y sabio. Su rostro y su mirada eran reflejos de su amor limpio y puro. La cinta que sujetaba su larga cabellera estaba tejida con figuras y diseños que simbolizaban el misterio del sueño. Tenía una túnica de color azul oscuro hecha de puro algodón. Llevaba un botón de madera color blanco incrustado debajo de su boca, que significaba sabiduría.
Cuando caminaba con su bastón, cada paso suyo era un rayo que iluminaba y retumbaba en la inmensidad del espacio infinito. También usaba su asiento volador para movilizarse de un lado a otro. Este asiento volaba sin hacer ruido, también servía para medir el tiempo, para escudriñar el espacio. Demasiado lujo para el uso que se le daba aquel entonces, porque ni bien salía a pasear en él, Ñanderu se quedaba sentado vagando por todas partes, triste, aburrido, hasta parecía resignado. Cuando de repente pensó:
- Me siento muy solo. ¿Qué haré? ¡Ya sé, crearé otros seres! Puedo hacerlo, soy poderoso, así dejaré de sentirme solo y mi existencia tendrá sentido. ¿Con qué los haré? Usaré mi propio cuerpo para crearlos. ¿Los haré a todos iguales? ¡No, los haré diferentes!
Fue así como Ñanderu creó a los Tüpa, ellos serían los primeros dioses en habitar el espacio infinito. A cada uno fue creando con el pedazo de alguna parte de su cuerpo. A algunos los hizo más inteligentes y poderosos pero no iguales o más que él. De esta manera surgió el concepto de “más que el otro” y “menos que el otro”, pero nunca iguales, sencillamente diferentes. Al momento de su creación, cada uno fue provisto de un don en particular: Tatú Tüpa era el tatú ingenioso, Aguara Tüpa, el zorro travieso, Mboi Tüpa, la serpiente sabia, Ñandú Tüpa, el avestruz voluntarioso, Töte Tüpa, el flamenco responsable, Korokochi Tüpa, la luciérnaga humilde, Ayaya Tüpa, la cigüeña paciente, Ayumbi Tüpa, el tiluchi precavido, etc. Cada dios fue también provisto de: rayos, truenos, relámpagos, tormenta, frío, viento, etc. Estas fuerzas o poderes no eran dioses sino poderes de los dioses, que formaban parte de su propia existencia. Cuando algún dios caminaba, sus pasos eran como truenos que asustaban a quien los escuchaba y los relámpagos que lanzaban eran de color fuego que dañaban la vista, muy diferentes a los del creador. Sus truenos y relámpagos reconfortaban al afligido, alejaban el miedo, la desesperanza y en la oscuridad del espacio daban paz.
Ñanderu también creó a Aña Tüpa, el dios del mal. Este dios pronto se convertiría en el más soberbio de todos, nunca sería considerado con nadie, ni siquiera con el creador. Poseía la extraña cualidad de ser múltiple, es decir podía transformarse en cualquier forma de vida. Su ambición era tanta que en un futuro podría llegar a dominar todos los poderes de los dioses y convertirse en su único dueño.
El creador disfrutaba de la compañía que los Tüpa le proporcionaban, le gustaba notar las diferencias que había entre unos y otros. Justamente lo primero que aprendió de su iniciativa hecha realidad fue descubrir esa “diferencia” y la necesidad que con ella surgió. Es que hasta entonces sólo había existido él y cuando vio que esa diferencia consistía en: tú, aquél, ése, yo, etc. comprendió que había la necesidad de configurar algún código para comunicarse entre sí. Antes él no tuvo aquella necesidad, porque actuaba y hablaba a través del pensamiento. De esta manera nació “la palabra”, el primer lenguaje oral. Ñanderu estaba muy contento, ahora podía hablar.
Pasó el tiempo y los dioses se preguntaron cuál sería la razón o el sentido de sus vidas. Estaban aburridos de deambular por el espacio infinito sin rumbo alguno, a pesar que podían estar en un lugar y casi al mismo tiempo en otro a la velocidad del pensamiento. Poco a poco se fueron dando cuenta del poder que cada uno de ellos tenía, era tan grande el poder que tenían que podían realizar acciones con sólo pensar o desearlo.
Las visitas al creador dejaron de ser frecuentes, ya no les interesaba escuchar sus consejos. El tiempo de obediencia de los dioses había terminado, los Tüpa se rebelaron y abandonaron a Ñanderu, quien vivió nuevamente en soledad por mucho tiempo, mientras pensaba y pensaba muy dentro de él:
- ¿De qué me sirvió haber creado a seres tan inteligentes y poderosos que por lo visto pueden valerse por sí mismos sin mi ayuda? ¡Tal vez sea prudente destruirlos!
Luego recapacitó y se dio cuenta que no tenía ningún sentido destruir algo que había creado con tanto esfuerzo y dedicación e inmediatamente convocó a todos a una gran reunión donde se determinaría el destino de cada uno de ellos.